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Ecofeminismo y Maternidad

Maltratamos al medio ambiente y se sigue manteniendo fuerte aún herido de muerte, siguiendo incontrolable a pesar de nuestros esfuerzos por controlarlo y será ese control lo que termine por matarlo, lo que termine por matarnos.

 

Maltratamos a las mujeres por el hecho de ser mujeres y ahí siguen valientes, siguiendo incontrolables aunque esa necesidad de controlarlas es lo que las termina matando.

 

Y maltratamos a las madres por ser madres y ahí están, mamíferas sin control, porque cada vez que se las controla se las mata y porque si no quedan madres, no habrá nadie.

 

Una madre corre riesgo de perder sus talentos previos, dicen.

 

Cierto es que una mujer nunca volverá a ser la misma después de ser madre, pues no hay mujer más poderosa que aquella recién parida, si se la desata: preparada para la supervivencia suya y sobretodo de su criatura, esa que alguna vez fuimos. Eso sí que es talento, diría yo.

 

Más aún, su cerebro se transforma con una poda sináptica similar a la que sucede en la adolescencia, afinándose mucho más los canales de la información permitiendo que fluya de forma más efectiva. Y no es el único órgano que se modifica en este proceso.

 

Sin embargo, una mujer desde su embarazo ya está siendo objeto de control, como si su cuerpo y su alma no estuvieran preparadas del todo para esa tarea. Si todavía tiene alguna esperanza de capacidad, probablemente se verá anulada durante el parto… o cesárea. La Rioja, por ejemplo, en 2018 cuenta con un 23,1% de cesáreas frente al 10 -15% que recomienda la OMS.

 

Porque una buena oportunidad para ejercer el control sobre una madre es en ese momento de parto donde la mujer busca acompañamiento, para devolverle incapacidad y demostrarle quién tiene el poder sobre ella y su bebé.

 

Sabemos que el control (el poder) se ejerce a través del miedo, pero también sabemos que es porque se tiene miedo por lo que se ejerce ese control o poder. No hay más que insinuar a una madre que su criatura tiene alguna posibilidad de correr peligro para doblegarla y volver a meterla a la corriente rutinaria de control de la que quería salir o ser crítica.

 

Hay que agradecer por tanto, a aquellas personas que acompañan sin miedo, devolviendo poder y capacidad a las madres y a aquellas mujeres que paren sin miedo, a pesar de lo difícil que se lo ponemos.

 

Gracias a las madres y a sus criaturas por enseñarnos lo que hay que cuidar en lugar de controlar, cuidar que se produzca por sí solo lo que va a suceder si se le permite.

 

No significa que nunca sucedan cosas, si no que suceden las queramos controlar o no y estaremos más preparadas informadas y acompañadas que controladas o manipuladas.

 

Permitir que una mujer desde niña conozca, escuche y disfrute su cuerpo, que pueda hablar sobre él y sus cambios sin que nadie se atemorice por la claridad y potencia de sus mensajes hasta que todas las fases de la sexualidad femenina sean placenteras, menstruación y parto incluidos. Eso será igualdad.

 

Entonces, cuando las mujeres disfruten de sus cuerpos gozosos y cuidemos sus maternidades como una tribu que tiene como epicentro la felicidad de sus criaturas en lugar de la producción de capital, podremos preguntar a qué quieren dedicar su tiempo estas madres: si a maternar o a capitalizar, en lugar de decidirlo por ellas. Las políticas en materia de igualdad vendrán solas.

 

Permitir que una madre y su bebé no se separen desde el primer instante y estén en contacto piel con piel es dar el primer paso, aunque de gigante, para que se produzcan cambios epigenéticos en nuestra sociedad, generación tras generación en dirección al cuidado y la protección del vínculo sano y amoroso.

 

Porque sí, una conducta puede dejar una huella genética en la siguiente generación, siendo mucho más económico preservar una conducta que cribar cierto don con un microscopio en un laboratorio.

 

Esta conducta por supuesto no acaba en el contacto piel con piel, cómo criamos a nuestra descendencia también está pasando por momentos críticos: madre en soledad o sin madre y reproduciendo un ejercicio de poder y control como el que la sociedad nos devuelve.

 

Sostengo que nuestro mayor tesoro es la calidad de nuestro vínculo. Cómo nos relacionamos y cuidamos desde el primer momento marca en gran medida cómo lo haremos después y esto trasciende a todas nuestras relaciones, incluyendo con otras especies y nuestro ecosistema.

 

Biberones, pañales, compresas, cunas, plásticos rosas y azules con forma de juguete… objetos masivos del capitalismo, totalmente prescindibles en la sociedad del cuidado y que hacen un daño inmenso al ecosistema.

 

La conciliación es sólo una palabra engatusadora del capitalismo para tenernos dentro del sistema de producción y fuera del sistema de cuidados.

 

Si el hábitat del bebé es el pecho de su madre como nos explica Nils Bergman y esta relación debe ser protegida y cuidada para su supervivencia, el hábitat de nuestra especie es el medio ambiente en el que vivimos por lo que esta relación debe ser protegida y cuidada para nuestra supervivencia.