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La educación tras el primer COVID-19: ¿empoderarnos o que el destino nos alcance?

Nuestras criaturas tienen derechos por el mero hecho de serlo y sus madres* son las que salvaguardan esos derechos en última instancia.

Esto qué quiere decir? Que esos derechos tienen que ser protegidos socialmente, económicamente, culturalmente, etc. y, si no se da el caso, además la madre será quien vele para que sucedan en la medida de sus propias posibilidades.

En el ejemplo de la lactancia materna creo que se ve claro.

Es la mamá quien tiene la leche y esa leche suya es un derecho fundamental del bebé.

Claro que si a esa mamá le instruyen en que su leche es comparable con la de un biberón, no le dan opción de amamantarle cómo y cuándo lo necesitan ambos (bajas laborales, apoyos en casa, espacio en la  ciudad pro-bebés) y hacen otras prácticas como separarle de ella nada más nacer, esa mamá va a ver muy comprometida socialmente, económicamente, culturalmente e incluso biológicamente su capacidad de salvaguarda última de ese derecho de lactancia materna hacia su bebé. Y desgraciadamente aún esto es el pan nuestro de cada día.

Otro derecho es la educación. La madre sigue siendo la salvaguarda última en este caso y en todos los que respectan a sus criaturas en la medida en que éstas no puedan decidir o valerse de forma autónoma. Aquí no es tan evidente que es ella quien tiene la leche y que todo lo demás debería ir en la dirección en la que ella pudiera darle su leche, sino que es algo intangible aunque en mi opinión, casi idéntico.

Hoy en día muchas madres sienten que su educación es de peor calidad que la que ofrecen en una escuela infantil o al menos, es  comparable. Sienten que tampoco tendrían la opción de educarles si quisieran (no está remunerado, a partir de determinada edad no está amparado por nuestra ley aún) y que deberían seguir los ritmos marcados por la escuela que son los ritmos de unos estándares alejados de la particularidad intrínseca a la crianza. Amén de contenidos.

Esa mamá tendrá muy comprometida su capacidad de salvaguarda última de la educación de sus criaturas en tiempos de pandemia. Y esa mamá es la inmensa mayoría de nuestras mamás.

En otros artículos ya me he referido a la conciliación como una herramienta del capitalismo para disociar a las madres de su crianza y mantenerlas en la rueda de producción. En ese saco estaba la guardería, ahora le sumo el trabajo remoto.

Una sociedad-estado que antes de la pandemia abocaba a las madres a un posparto y crianza en soledad al estilo “Soylent Green”, ahora lo hace con todas las fuerzas de poder de las que dispone (militares, policiales, jurídicas, sociales, sanitarias…) sin remilgos y con ganas de convertir esas restricciones de libertad en “nuevas normalidades” como lo haría cualquier dictador victorioso.

El sol y el aire dejaron un tiempo de ser vitales para el desarrollo de nuestras criaturas, cómo no lo iba a ser la socialización. O los contenidos educativos. O el bienestar psicológico. Etcétera, etcétera. También el de las madres.

Una madre como la que he dibujado antes, para sentirse buena madre, ha tenido que volver a reconfigurar en la práctica todo aquello que le enseñaron para lo que no estaba hecha (como por ejemplo acompañar a sus criaturas en el descubrimiento de contenidos educativos) sin descuidar todo lo que ya hacía por su rol de madre, de mujer, de trabajadora… y ahora, se le pide que devuelva a su criatura al sitio de donde la sacó por su propia seguridad y la de toda la sociedad para que otras personas retomen esa tarea donde la habían dejado como si ella no hubiera hecho nada entretanto.

Independientemente de la edad de madres y de criaturas, apunto.

Aunque fugazmente, a cualquier madre le viene esto a la cabeza porque es la salvaguarda última de la educación de su criatura y también de su salud física y psicológica. Nuestras criaturas son algo más que nuestros deseos génicos cumplidos, si hay deseo de trascendencia ser su salvaguarda es un regalo. Después, según sus propios recursos y sus creencias tomará una u otra decisión al respecto.

La oportunidad que nos ofrece como sociedad (y como estado) la experiencia “Covid-19” es la de permitir un espacio de amparo en la diversidad de decisiones que pueden surgir en cuanto a la educación (y en otras áreas) alternativas a la “vieja normalidad” pero muy en consonancia especialmente con la “nueva normalidad” que nos auguran.

Me refiero a medidas económicas de apoyo a educación fuera de las aulas por parte de las familias (ahorro en ratios, profesorado...) espacios subvencionados que faciliten la socialización de estas familias y sus criaturas cuando el entorno no lo favorezca (alternativa a parques y cursillos extraescolares ambos precintados en pandemia), medidas de protección sanitaria pero que no atenten al bienestar psicológico de las criaturas y de su profesorado en escuelas tradicionales (reducción de alumnado por aula, reducción de la jornada presencial con limitación de la jornada virtual, reevaluación del uso de mascarilla en determinados contextos…) y un sinfín de nuevos marcos que pueden florecer (públicamente) y sanar la herida de madres y criaturas, de cuerpo docente y alumnado y de sociedad en general, herida ya abierta hace tiempo y sacudida brutalmente por la pandemia.

Dejaremos que el “Destino nos alcance” o sacaremos cada una nuestras bondades en una red de maternaje respetuoso?

 

*Madre en la mayor parte del texto hará referencia a la figura que materna y en el total del texto a la madre biológica.

 

Psicóloga Perinatal desde Santander - Cantabria

Zuriñe Serradilla Hernáez

Psicóloga Perinatal Sanitaria CA-01104

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