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La mamá, la criatura ¿y yo dónde quedo?

Si alguna vez te has hecho esta pregunta, tal vez después de leer una página de Psicología Perinatal como la mía, puede deberse a dos razones: una, que en tu propia experiencia necesites reconocimiento de tu figura como importante y no te sientas así; o dos, que te cueste desplazarte del papel protagonista al de acompañante.

En el primero de los casos puede deberse a una confusión de roles.

Lo más sencillo es poner en el centro al bebé para clarificarlos.

Un bebé nace del y con el cuerpo de su madre. Sí, no es la única carga genética que lleva, pero en términos de hábitat, es lo que conoce y donde debe estar, científicamente hablando, en los momentos inmediatos a su nacimiento siendo este momento extensible y preferente hasta los 9 meses que dura la exterogestación.[1]

La madre biológica por tanto tiene el privilegio único de venir equipada para proveer a su criatura de todo lo que necesita para su supervivencia, hablando en términos normales de salud. Por eso se pone el centro en el bebé pero se habla de diada (madre-bebé): por considerarlos una unidad indivisible.

Ese privilegio es un torrente de energía de frágil equilibrio que debe ser protegido por su entorno. Aquí empieza la importante figura que materna sin ser la madre biológica: padre, pareja, hermanas o hermanos, abuelos o abuelas, tías o tíos, amistades cercanas, profesionales sanitarios, de la educación… sociedad en general.

Otro escenario donde la figura que no es la mamá biológica es muy importante es en los casos de adopción u otra separación dramática. Un bebé que ha sido separado de su madre biológica necesita igualmente de alimento, calor, seguridad, amor y todo lo que ese cuerpo materno le iba a dar y del cual esperaba recibir. Es posible que lo reciba sin existir lazos genéticos de forma satisfactoria pero necesitará de un esfuerzo extra que a su vez necesita de un entorno muy favorable para que se consiga.

Es decir, la figura que materna es aquella que favorece que ese bebé reciba lo que debe y espera de forma saludable y satisfactoria de la figura elegida como mamá, aunque esa figura elegida no sea “yo”.

Ese favorecer puede ir desde el simple no entorpecer y ser fundamental, de colaboración en las tareas domésticas, de base segura en la exploración a partir del fin de la exterogestación, de respeto a los tiempos de esa diada (psicológicos, físicos, sexuales, sociales, de actividad…)

 

¿Cómo saber si estoy satisfaciendo las necesidades de la diada o las mías propias? Observar y preguntar me parecen buenas estrategias.

Por ejemplo, es una escena frecuente coger en brazos a un bebé para reconocerse importantes más allá de que esté llorando o si su mamá no lo ha pedido, a veces incluso se devuelve a la madre culpabilizando a ambos de esta reacción, cuando es justamente lo sano y normal y quien entorpece es quien ha iniciado esta escena que no tenía lugar.

Otra bien distinta puede ser coger al bebé cuando ambos se muestran receptivos, necesitados y preguntando respetuosamente, cortarle la comida a la mamá con los brazos ocupados, acercarles algo, recoger algo que se les ha caído, naturalizar la lactancia, evitar juzgar las decisiones de palabra y con el lenguaje no verbal, evitar las exigencias de atención para con uno mismo…

Y así se va complicando, por eso eres tan importante y por eso no necesitas mayor reconocimiento de tu figura que el tuyo propio.

 

Ahora bien, si tras este análisis no consigues ubicarte ni desde tu papel favorecedor o desde la autocrítica quizá nos encontremos en el segundo caso y te esté costando abandonar el rol protagonista.

Esto puede deberse a que tu propio entorno o sociedad te coloca habitualmente en tus distintos roles en el centro y es una posición que te resulta cómoda o normal.

Es complicado salirse de esas expectativas puestas o autoimpuestas, pero nuevamente hacer el ejercicio de poner en el centro al bebé tiene mucho sentido.

Si quieres, puedes como imaginario poner en el centro a tu “yo bebé”.

 

¿No resultaría mucho más sencillo si se atendiera al cuidado de la criatura en lugar de poner el peso sobre quién y cómo a las personas adultas que la rodean?

Con ese centro en el bebé probablemente irían surgiendo de forma espontánea los distintos roles de cuidado a la diada por parte de las personas adultas (y también niños-niñas y adolescentes) sin juicios ni expectativas poco adaptativas a la necesaria flexibilidad de cada crianza en cada sistema familiar. Sin ausencias innecesarias o reprochadas, sin sobrecargas, sin soledades, con más disfrute que sacrificio. La sociedad tiene que asumir su parte, por supuesto.

Pero en cercanía a la diada, se puede modificar el papel de protagonista al de acompañante sin perder importancia como acabamos de ver. La clave es observar e imitar, algo que se puede hacer desde la intimidad y el ensayo y error o si se quiere de forma manifiesta ayudando a otras figuras en la misma situación.

La mamá y la criatura son grandes maestros cuando están en armonía. Observar e imitar sus cuidados, sus tiempos y protegerlos es un regalo.

 

Como conclusión, la etiqueta con respecto a la criatura no marca la importancia o relevancia, tampoco el género o la genética más allá de lo expuesto si no qué papel jugamos cada figura para que ese bebé se desarrolle y vincule de forma sana y satisfactoria con la persona elegida como mamá, incluida ésta y que ese papel puede surgir de forma espontánea, o por qué no, consensuada con la mamá y la criatura.

 



[1] Exterogestación: el bebé necesita para su desarrollo el contacto piel con piel con su madre. El fin de esta dependencia lo marca el propio bebé con el desarrollo de las capacidades y voluntad de alejarse y explorar que normalmente coincide con los 9 meses de vida extrauterina. Por eso ese paralelismo 9 meses dentro, 9 meses fuera.

 

Psicóloga Perinatal desde Santander - Cantabria

Zuriñe Serradilla Hernáez

Psicóloga Perinatal Sanitaria CA-01104

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